El impacto de las condiciones materiales en la vida humana es indiscutible. Es evidente que el sustento, las condiciones de trabajo, el régimen alimentario y las circunstancias materiales influyen directamente en la formación de la moral, el temperamento y el carácter. En sociedades donde las condiciones económicas están deterioradas, la vida comercial carece de medidas, la producción es desequilibrada, el consumo es errático y la distribución del ingreso es injusta —donde los recursos que generan ganancias no se comparten de manera equitativa o cercana a ello, y donde no hay calidad ni estética— es imposible que exista una vida moral sólida. La integridad en las actividades económicas garantiza una moral recta; si no se establece correctamente el orden económico, el destino de los débiles y los desamparados es ser aplastados.
Es claro que la vida social y el entorno (el medio) corrompen al ser humano y destruyen las virtudes humanas, especialmente allí donde la población aumenta y se intensifican las actividades culturales que tienden a la degeneración. El ser humano primero siente una necesidad, luego la satisface y después se orienta hacia la comodidad. Más tarde, a través de los amigos y la publicidad, se adorna con todo tipo de materiales que se le presentan; tras esto, se sumerge en el bienestar y el despilfarro, comienza a gastar sin pensar y pierde su propósito de vida.
Cuando los asuntos económicos empeoran, el proceso se invierte. Los individuos que se han acostumbrado al dinero fácil y al gasto irresponsable comienzan a quejarse. Al final de este proceso, surge una clase social ociosa (inútil) que solo piensa en sí misma y en su estómago. Debido a la disminución de sus ingresos, estos individuos no saben qué hacer y continúan sus vidas endeudándose; finalmente, al aumentar la carga de la deuda, pierden su capacidad de pensamiento bajo esa presión y no pueden percibir nada correctamente. Esta clase comienza a representar un peligro serio para el futuro del país y de la sociedad, porque se ha vuelto ociosa e insaciable en pensamiento y estilo de vida, sin importar lo que se le dé. Esta inercia e insaciabilidad aceleran la desaparición de una sociedad.
No ven ningún avance, desarrollo o beneficio realizado en el país; no piensan en ser constructivos ni en producir ideas porque se han vuelto dependientes del consumo y viven en una espiral de deuda. Se ha creado una clase acostumbrada a la comodidad, al consumo y a pedir dinero sin trabajar. Solo critican y exigen de manera ilimitada.
Lo que se debe hacer aquí es crear la infraestructura necesaria para reintegrar a este sector ocioso a la economía y lograr que vuelvan a ser individuos útiles. Es necesario darles trabajos basados en la experiencia en áreas económicas y sociales, para que obtengan ingresos y dejen de verse a sí mismos como seres inútiles o sin valor.
No son los reformadores y administradores quienes crean a las sociedades y su orden; son las sociedades las que dan a luz a los reformadores y sus ideas. Si esas mismas sociedades no poseen el nivel de conciencia deseado, se opondrán inconscientemente a las innovaciones y regulaciones. En tal caso, estos intentos de renovación no podrán ir más allá de ser iniciativas fallidas.







