Mientras otro año llega a su fin, cada año que pasa hace que añoremos el anterior, y las fragilidades de la civilización occidental contemporánea han comenzado a salir a la luz. Estas fragilidades, debido a nuestro deseo como país de alcanzar a Occidente y a la mentalidad de buscar todas las soluciones únicamente allí, también han empezado a manifestarse entre nosotros de forma aún más intensa.
Las poblaciones del mundo, incluida la nuestra, están envejeciendo. Occidente tiene problemas con las colonias de las que obtiene materias primas y mantiene su sistema importando mano de obra extranjera. El período de colapso económico ya ha comenzado y avanza rápidamente hacia una situación peor. Los regímenes democráticos se han convertido en estructuras que generan problemas en lugar de soluciones. Esto se debe a que la comprensión de la justicia y la democracia ha empezado a privatizarse; es decir, se ha transformado en una democracia que favorece a sus propios ciudadanos y a quienes tienen poder. Lo ocurrido entre Israel y Palestina ha trastocado por completo conceptos como la justicia y la imparcialidad, dejando en evidencia la corrupción moral.
Estados Unidos, los países europeos y los Estados alineados con ellos, en lugar de defender el derecho a la vida universalmente aceptado, fragmentan este derecho en diversas categorías, haciendo que el sistema sea disfuncional y caótico.
Por ejemplo, la sociedad está dividida en temas como los derechos de los animales, los derechos de las mujeres y las cuestiones de identidad de género. En Estados Unidos existen estados que desean separarse de la unión, y en Europa el auge del nacionalismo no puede ser detenido. Si este proceso no se frena, una guerra civil podría volverse inevitable.
Durante la pandemia mundial se evidenció que la decisión de trasladar la producción industrial a geografías lejanas rompe las cadenas de suministro, lo que se traduce en inflación, encarecimiento de la vida y escasez de productos. Durante la guerra entre Rusia y Ucrania, Europa se enfrentó tanto a su dependencia energética como a su debilidad en materia de defensa. Occidente ya había experimentado problemas y guerras similares en su interior en el pasado, pero esta vez la situación es diferente. Durante la Guerra Fría, la principal razón de la superioridad de Occidente frente al Este era el entorno de libertad que ofrecía.
Europa logró salir de su oscuridad priorizando la ciencia y estableciendo estructuras de derechos y libertades. Sin embargo, hoy en día, en las universidades de Occidente, esos conceptos han perdido su valor; protestar contra aquello que el poder no desea se ha vuelto algo prohibido. No se concede ningún derecho a quienes apoyan a los oprimidos. Al Muro de Berlín, que dividía Alemania en dos, se le llamaba el “muro de la vergüenza”. Hoy existe una sola Alemania y, debido a lo que hizo en el pasado a sus ciudadanos judíos, apoya las decisiones de los dirigentes israelíes actuales. Occidente se ha alejado tanto de sus propios valores que muchos ciudadanos rusos que emigraron a Europa para huir de la guerra, al enfrentarse a la discriminación, regresan a su país convertidos en nacionalistas rusos llenos de resentimiento hacia Europa.
El mismo peligro amenaza a nuestro país debido a los discursos y comportamientos que llegan a la xenofobia contra ciudadanos sirios, afganos y de otros países. El entorno de libertad que fortalecía el arte occidental ha desaparecido; hemos entrado en una época en la que algunos de los artistas más prestigiosos del mundo no pueden encontrar escenarios simplemente por ser ciudadanos rusos. Ya es necesario decirlo con claridad: la historia parece retroceder, y Europa da la impresión de dirigirse nuevamente hacia su propia Edad Oscura. Por ello, el período que se avecina será difícil y arduo para el mundo y para la humanidad. Aunque el futuro que se imagina para las personas parezca más digital y aparentemente más fácil, resulta evidente que no será así.
Se ofrece a la humanidad un futuro en el que, mediante un ingreso ciudadano, las personas no piensan en nada y quedan completamente dependientes de dispositivos digitales. Aunque suene atractivo, este modelo conduce a la humanidad hacia la extinción, como polluelos criados en jaulas, alimentados de forma automática, con una vida en la que la noche se vuelve día y el día noche. Aunque sea muy difícil detener este rumbo, lo que debe hacerse es que el ser humano regrese a sus “ajustes de fábrica”: una vida en la que conozca el sentido de su existencia, intente aprender los saberes ancestrales y sea capaz de satisfacer sus necesidades básicas a partir de la tierra. Los procesos que se viven en el mundo actual confirman estas reflexiones.
En este contexto, se hace evidente la necesidad de prestar atención económica y sociológica al continente africano en el período que viene: una región donde la digitalización avanza más lentamente y cuyo pasado se recuerda por conflictos internos y colonialismo. Como ONG (FASTIAD), nuestra previsión y nuestro trabajo desde hace muchos años nos llevan a pensar que África, antes asociada con la esclavitud, será hoy el continente que pueda decir “alto” a la esclavización de la humanidad. Sabemos que existen las condiciones para reconstruir a la humanidad y que, gracias a la abundancia de recursos suficientes para el mundo entero, la economía global podría volver a despegar y respirar. Incluso solo en estas tierras existen recursos que, si se compartieran de manera justa en todos los sentidos, serían suficientes para toda la humanidad.
Por ello, luchamos por estar presentes y por integrarnos en este continente como empresarios turcos y embajadores culturales. El tiempo sigue dándonos la razón. Con la esperanza de avanzar hacia un futuro bello y en paz…






